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El discípulo misionero lleva el amor de Dios al mundo

El mes pasado, hemos notado que el discípulo es el que ´se sienta a los pies´ de Jesus, aprendiendo de Él y recibiendo Su gracia a través de la oración y los sacramentos. El discípulo es luego capaz de salir como misionero, dando testimonio fiel de Cristo y su Iglesia. 

Sería difícil encontrar un mejor ejemplo de ello que la Santa Teresa de Calcuta y la orden religiosa que fundó. Empecemos con su mismo nombre de la orden – Las Misioneras de Caridad. Su misión es de llevar el amor de Dios, su caridad, a ´los más pobres de los pobres´. Poniendo la Fe en acción, las hermanas dan testimonio de las palabras de Jesus, ¨Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos mas pequeños, a mi lo hicisteis’ (Mt 25:40). En todas partes del mundo aquellas estimadas hermanas alimentan a los pobres, visitan a los que se sienten solos, atienden a los enfermos y confortan a los moribundos. 

Cómo las hermanas pueden sostener este trabajo sin agotarse? Es aquí donde entra la parte de ser discípulo. La Madre Teresa aseguró que cada día, las hermanas han de complementar el cuidado de los enfermos y los que sufren, con cuatro horas de devoción a la Misa, oración y la adoración del Santísimo. Es porque ellas ´se sientan a los pies´ de Jesus y reciben a Él en la Eucaristía para que sus caras sonrientes sigan brillando sobre los pobres día tras día. Es precisamente por ser discípulas fieles que les hace tan efectivas y amorosas como misioneras. 

Esta es la ley de la vida espiritual, es absoluta y irrompible como la ley de la gravedad. Se aplica a nosotros tanto como a las Hermanas de Caridad. Cualquier cosa que hagamos – ayudando con la catequesis en la parroquia, siendo voluntarios en el comedor popular o un albergue para los sin hogar, asistiendo en el centro de crisis de embarazo, o cambiando los pañales y guiando los pasos de sus propios hijos – tenemos que ser sostenidos por la llama interna de la gracia, o nuestra luz se volverá tenue. 

O, para usar la metáfora favorita de Jesus en el Evangelio; solo el árbol bueno da fruto bueno. Pero, para ser un árbol bueno tenemos que ser plantados en tierra buena, hecha fértil por frecuente encuentro con Cristo en la oración y los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Tenemos que ser podados por los sacramentos de reconciliación y por la aceptación humilde de las cruces que se presenten inevitablemente en nuestro camino. Si nosotros nos comprometemos a Jesucristo de esta manera, Él nos llenará con su amor y éste se desbordará de nosotros. Seremos los misioneros de Su caridad. Todos nosotros conocemos las personas así en nuestras propias vidas y nuestras parroquias. Su primer enfoque no es en ´hacer obras buenas´, sino en conocer y amar a Jesus de quien fluyen las obras de amor. Ellos no buscan el aprecio o tratan de justificarse. Ellos simplemente responden al impulso que tienen muy adentro, así que hay algo muy natural y sosiego en ellos. Estos hombres y mujeres son los verdaderos misioneros porque son los verdaderos discípulos. De manera tanto simple como profunda, ellos son unos ejemplos radiantes de las palabras de Jesus: “Vosotros sois la luz del mundo….. Brille así su luz delante de los hombree, para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.¨ Mt. 5:14, 15)

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