Catechesis

El Discípulo misionero ayuda a los hambrientos espiritualmente a encontrarse con Jesus.

Hay mucho sufrimiento e incertidumbre en el mundo de hoy. Ciertamente la pandemia de COVID-19 lo ha empeorado todo. Desde hace algún tiempo hemos experimentado algunas consecuencias de esta difícil situación: soledad, ansiedad, depresión, y el sentimiento de estar desconectado. Esto ha alcanzado proporciones epidémicas a través de la sociedad actual, especialmente entre nuestros jóvenes, con el incremento trágico y alarmante de adicciones y suicidio.  

Hay muchos factores que contribuyen a esta desgracia, pero como cristianos podemos discernir el común denominador de todo esto: la conexión perdida o no existente con Dios. 

Se hacen recordar las palabras de San Augustin “Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en Ti”. 

El Santo Papa Juan Pablo II ha dicho algo semejante a casi 2 millones de jóvenes durante los días de la Jornada de la Juventud del año 2000 en Roma: “Es Jesus a quien buscan cuándo sueñan con la felicidad. Cuando nada mas les satisface, Él es quien provoca esta sed.” 

Tú y yo, como discípulos misioneros, somos llamados a entrar en este mundo sufrido y cansado. Como lo habíamos discutido anteriormente, el discípulo misionero es alguien que se sienta a los pies de Jesus en oración y acepta la relación amorosa que Él nos ofrece. Nutrido por la oración y los sacramentos, especialmente por la Eucaristía, un discípulo sabe que tiene que ser misionero, llevando a otros la Buena Nueva donde pueden encontrar significado, la paz y la realización personal. 

No hay necesidad de ir de puerta en puerta para llevar a cabo esta tarea, aunque algunos puedan sentir tal llamado. Muchas veces el primer llamado podría ser a alguien de tu propia familia – tu hermano, tu hijo, tal vez tus padres, donde los sermones no son siempre bien recibidos de forma inmediata pero tal vez sí a lo largo del tiempo. 

Pienso en una película ¨The Hiding Place¨, del año 1975, sobre una familia holandesa, durante la Segunda Guerra Mundial, que escondía en su casa a unos Judíos de los Nazis. La familia es traicionada por un vecino y dos hermanas de esa familia, Corrie y Betsie, terminan presas en el campo de concentración de Ravensburck. En medio de su horrible calvario, una de las prisioneras, una mujer de edad media, amargada y llena de odio por sus verdugos , sigue mirando a Betsie, quien aguanta todo con gentileza y reza por sus perseguidores. Después de un tiempo, la mujer se vuelve a Betsie y con los ojos llenos de esperanza le dice, “Yo quiero lo que tú tienes!”. 

Nosotros, probablemente nunca nos vamos a encontrar en esas circunstancias tan dramáticas, pero es el mismo principio. Tantas personas alrededor nuestro tienen un lugar vacío en sus corazones donde debería estar Dios. Tal vez estas personas son miembros de nuestra familia, compañeros de trabajo, vecinos, o hasta miembros de nuestra parroquia. Tal vez ellos se han alejado de Dios, o creen en Él pero lo conocen solo de manera abstracta o como alguien muy distante. 

La primera labor del misionero es amarles allí donde se encuentran y mostrarse interesados en sus vidas. Y cuando llegue el momento adecuado, pueden preguntarles: qué lugar, según ellos, Dios ocupa en la historia de sus vidas? Cualquiera que sea la respuesta, ellos van a percibir si estas de veras interesado en ellos y si te importan o tan solo quieres probar en ellos tu poder de persuasion.  

Si has escuchado a la persona y su historia con un corazón sincero, el espacio se abrirá para hablar de Dios y de lo importante que es EL para tu vida. Es impresionante cuántas personas están hambrientas de hablar de la vida en este nivel tan profundo. Yo lo he descubierto en varias oportunidades con personas extrañas viajando en los aviones antes de que el COVID-19 nos distanciara. 

El Papa Francisco llama a este proceso: “acompañamiento“. Una expresión apropiada ya que muestra que estamos al lado de la persona en su deseo de conocer y amar a Jesucristo. 

Un plomero arregla un tubo y se va. Un discípulo misionero en cambio, construye relaciones, invita a las personas a conversar, a rezar, tal vez a participar en la santa Misa. 

Mucho más sobre este tema se puede encontrar en el bestseller de Sherry Weddell, “Forming Intentional Disciples”. 

Sobre todo, forma tu propia vida como discípulo de Jesus. Ten presente a Jesucristo en tu corazón. Así Él te acompañará como tu acompañas a otros en el camino que lleva hacia Él.

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